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jueves, 12 de septiembre de 2013

Champasak y el ataque de la escolopendra asesina

Dedicado a Luis y Dani por su amabilidad viajera y a Marcos por tranquilizar nuestras mentes paranoicas a las 3:00 de la mañana

El día dos de septiembre nos levantamos temprano para desayunar todos juntos antes de partir cada uno hacia su nuevo destino. Rosa y yo hacia Champasak y Fernanda y Constanza hacia Camboya donde más tarde se reunirán con Juanma que había decidido quedarse un día más a descansar.


Fue difícil despedirse de un grupo de gente tan majo pero como cada viajero tiene su viaje, Rosa y yo empaquetamos nuestras cosas y nos a las 10:30am nos encaminamos al embarcadero para coger el bote que nos cruzaría el Mekong para luego seguir camino hacia champasak en el autobús de las 11:00am.

Según la Lonely Planet Champasak era visita obligada si uno viaja a Laos y la describía como “la pequeña Ankor”. A estas alturas ya debíamos haber aprendido que para esta guía todo lo que sean ruinas en Asia son susceptibles de ser familia del gran complejo religioso camboyano pero la verdad es que una vez más la realidad no tenía nada que ver con la descripción que ofrecía la guía.

Llegamos al muelle de Ban Phaphin sobre las 2:00pm y cruzamos el río en un pequeño bote de popa larga por 20.000kyps cada uno. Una vez en el otro lado decidimos que, como la distancia era asequible 2km, nos acercaríamos hasta champasak caminando y no en uno de los tuk-tuks que se ofrecían en el muelle. Por el camino además tuvimos suerte porque una pareja de chavales jóvenes nos vieron haciendo autoestop y pararon su furgoneta con lo que parte del camino lo hicimos motorizados.


Nada más llegar Champasak nos dimos cuenta que nuestro plan de dormir allí y seguir al día siguiente hasta Pakse para viajar desde allí a Bangkok no podía estar más equivocado. Resulta que entre pitos y flautas ya eran casi las cuatro y el complejo religioso lo cerraban a las cuatro y media, el pueblo estaba desierto y las guest houses ofrecían unos precios absurdamente elevados. Y para colmo, resulta que el autobús del día siguiente salí a las 8 de la mañana con lo que, aunque quisiéramos, tampoco podríamos ver las ruinas al día siguiente.


La situación se tornaba confusa, tensa y estresante por momentos. La cabeza empezaba a dolerme con tanta indecisión y la única solución que se me ocurría era intentar volver a Pakse ese mismo día, y alquilar unas motos para que, al día siguiente por la mañana, pudiéramos volver a Champasak, visitar las ruinas y regresar a tiempo para coger el autobús de las 3:00pm a Bangkok.

Estos eran mis pensamientos cuando vi a un chico que pasaba con la moto y le paré para preguntarle cuanto tiempo se tardaba de Pakse a Champasak y así poder medir si mi plan tenía sentido o no. El chaval muy amablemente me contestó que unos cuarenta y cinco minutos y, como estábamos hablando en inglés, procedí a traducirle la conversación a Rosa para que pudiéramos tomar una decisión. Entonces fue cuando se obró el milagro y nuestro ángel de la guarda se apareció para echarnos una mano.

Resulta que el chaval era madrileño y hablaba perfectamente castellano. Su nombre era Luis, estaba viajando con su amigo Dani por Laos y venían de Pakse done habían alquilado las motos ese mismo día para ver las ruinas. Ni corto ni perezoso se me ocurrió la idea de que, como tenían dos motos, podían llevarnos a Pakse y así solucionarnos el problema del transporte. Luis nos contestó que no había problema, que lo podíamos hablar mientras tomábamos unas cervecitas en el bar donde ya estaba esperando Dani.

Agradecidos por su ayuda les empezamos a contar nuestra odisea por ver las ruinas y enseguida nos comentaron que sinceramente no eran para tanto. Que la guía exageraba un montón y que si íbamos con muchas expectativas íbamos a salir defraudados. De hecho nos comentaron que las ruinas se podían visitar en menos de una hora.

Si bien este nuevo giro en los acontecimientos nos había dejado un poco K.O. rápidamente reaccionamos y trazamos un nuevo plan. Muy amablemente les pedimos si era posible que nos dejaran una bici mientras ellos se quedaban terminando de comer,  así nosotros podíamos aprovechar para acercarnos a ver los templos y luego todos juntos volver a Pakse. La verdad es que no se lo pensaron mucho y enseguida nos dijeron que no había problema, que tuviéramos cuidado con la moto y que ellos se quedaban esperándonos en el restaurante. La verdad es que fue un detallazo para quitarse el sombrero.



Fuimos a las ruinas y efectivamente la descripción majestuosa de la guía no se correspondía con la realidad. El complejo es muy pequeño y en media hora o cuarenta y cinco minutos ya lo teníamos visto. Si bien se pueden sacar alguna que otra foto interesante la realidad es que si vais a Laos y os pilla de camino Champasak hacer una parada pero sinceramente no desviéis vuestra ruta para ver estos templos porque saldréis defraudados.

El conjunto arqueológico se divide en dos partes, una superior y otra inferior conctadas por una empinada y casi derruida escalinata de piedra. La parte de abajo está formada por dos palacios en ruinas situados junto a un estanque cuadrado, el cual está dividido por una pasarela.
















La parte superior constituye el templo propiamente dicho, que antiguamente albergaba un gran falo de shiva. Más adelante, el santuario fue convertido en un templo budista aunque los dinteles todavía conservan las esculturas hinduistas originales. En este templo cada año en febrero tiene lugar el sacrificio ritual de un búfalo de agua dedicado al espíritu terrenal que gobierna Champasak. Y luego nos quejamos de que nosotros tiramos cabras desde los campanarios.









Una vez que terminamos con la visita volvimos al restaurante donde nos esperaban Luis y Dani y juntos partimos hacia Pakse. Al llegar a la ciudad dejamos las motos y fuimos a celebrar el haber encontrado gente tan maja, invitando a Luis y a Dani a tomar unas cervecitas en uno de los bares locales. Pasamos la tarde hablando de los viajes, trabajos, aventuras y, como no podía ser menos, arreglando un poquito el mundo está muy fastidiado. Tanto fue así que, para no perder la posibilidad de dormir en la misma guest house donde nos alojamos la primera vez, tuvimos que Rosa y yo tuvimos que para la velada para ir a reservar habitación no sin antes quedar para cenar y tomarnos otra rondita esa misma noche.




Cuando llegamos a la guest house la dueña nos tenía reservada una habitación muy especial sólo que no nos daríamos cuenta hasta bien entrada la noche. Pero de eso hablaré más adelante. Primero dejamos las mochilas nos dimos una ducha y nos cambiamos de ropa para ir a cenar a un restaurante indo muy bueno y muy barato que había en la calle principal.  Después volvimos al mismo bar y allí quedamos con Luis, Dani y una amiga de ambos. La historia se volvió a repetir y, cerveza tras cerveza, conseguimos que cerraran el bar con lo que tocó buscar otro para tomar la última ronda antes de ir a dormir.

Ya eran cerca de la una de la mañana cuando Rosa, la amiga de los chicos y yo decidimos que ya no éramos tan jóvenes y que nos íbamos a la piltra mientras que Luis y Dani buscaban una discoteca local donde quemar los últimos cartuchos de la noche. Fue entonces cuando Rosa y yo regresamos a la habitación de la pesadilla, la habitación donde ocurrió todo. La habitación del ataque, la habitación del miedo.

Todo ocurrió en mitad de la noche cuando, sobre las tres de la mañana, Rosa me despertó chillando porque algo le había picado en un pie y estaba viendo las estrellas. Enseguida me levanté de la cama y fui corriendo a encender  la luz para ver qué pasaba. Rosca caminaba nerviosamente de un lado a otro de la habitación mientras se dolía del pie donde había sufrido la picadura. Entre chistes y coñas me acerqué a examinar el pie y fue entonces cuando vi dos puntitos de sangre a una distancia muy sospechosa uno de otro. Yo no quise decir nada por no asustarla pero por mi cabeza pasaban todo el manual de primeros auxilios para picaduras de serpientes venenosas.

Pasamos un buen rato examinando el pie y viendo de Rosa sentía algún otro síntoma a parte del fortísimo dolor agudo que se reflejaba en su rostro. Tras un tiempo prudencial y viendo que Rosa no parecía desvanecerse, entrar en shock o convulsionar, decidí volver a la cama a dormir. Pobre iluso de mí, no sabía a qué me estaba exponiendo todavía. Pero no os preocupéis, muy pronto me arrepentiría de mi decisión. Al poco tiempo de volver a cerrar mis ojos sentí una fuerte picadura en mi mano y, como ya estaba alerta por el incidente con Rosa, enseguida retiré la mano rápidamente, abrí mis ojos y giré mi cabeza para ver qué me había picado. Cómo la habitación estaba a oscuras lo único que pude ver fue algo arrastrarse zigzagueando por entre las sábanas y escondiéndose debajo de la almohada. - ¡Rosa enciende la luz que lo he visto. Enciende la luz que también me ha picado a mí! –

Cuando Rosa encendió la luz sobre las sábanas no había rastro de animal alguno y en mi mano dolorida aparecieron los mismos puntos de sangre que mostraba Rosa en su pie. Temiendo que mis peores miedos se cumplieran lentamente agarré la almohada por donde creía haber visto esconderse al bicho y de un solo golpe la quité de encima de la cama. Y fue entonces cuando la vi. Un bicho asqueroso lleno de anillos y patas se movía nerviosamente en dirección a los recovecos de la cama. Del susto Rosa dejó escapar un grito y yo retrocedí de un salto medio metro.

Estaba claro que no podíamos volver a la cama con ese bicho campando a sus anchas por entre el somier así que decidimos matarlo. Primero levantamos el colchón para ver si estaba entre este y el somier. Cuando vimos que no era así quitamos una de las tablas de madera y fue entonces cuando la vimos de nuevo  con lo que salí a la calle a ver si encontraba algo con que matarlo. Regresé a la habitación con un buen palo de madera dispuesto dar un estacazo de muerte a nuestro pequeño alien nocturno.




Agarré el palo bien firme y lo acerque lentamente calculando asestar el golpe al centro del cuerpo de la bestia. Cuando consideré que estaba lo suficientemente cerca para no fallar moví rápidamente el palo y presioné lo más fuerte que pude el cuerpo del bicho que empezó a agitarse y revolverse violentamente. Su cabeza se giraba y contorsionaba picando ferozmente la base del palo con que yo intentaba matarlo. Contra todo pronóstico resultó que el bicho tenía mucha más fuerza de lo esperado y, aunque yo puse todo mi empeño para que mi presión fuera mortal, de alguna manera logró zafarse y salió serpenteando nerviosamente hasta que esconderse nuevamente debajo del somier. –¡Mierda una perfecta oportunidad perdida!-.

Como momentos desesperados llaman a medidas desesperadas, decidimos quitar el colchón de la cama y levantar todas las  baldas del somier hasta encontrar el hueco donde estuviera escondido nuestro amigo. Al retirar la primera balda vimos que lo que teníamos debajo de la cama era todo un zoo de insectos (arañas, cucarachas, escarabajos, etc…) y enseguida volvió a aparecer nuestro alargado amigo reptando nerviosamente a lo largo del somier buscando una rendija por donde escapar de la pequeña jaula de madera.

Afortunadamente para nosotros encontró una pequeña rendija por dónde sacó la cabeza y en ese momento – ¡zas! – le volví a asestar otro golpe con el palo esta vez dejando posar todo el peso de mi cuerpo encima para que no existiera la más mínima posibilidad de que se zafara. Además para asegurarme bien de que esta iba a ser una misión de éxito, con un rápido giro de muñeca hice rotar el palo y le arranqué la cabeza del resto del cuerpo que todavía quedaba aprisionado por el somier de la cama. Aun así eso no bastó para que el bicho muriera sino que con todo nuestro asombro seguía moviéndose nerviosamente en busca de su atacante. Rosa, en un golpe de inspiración, dijo de sacar el bicho fuera de la habitación cosa que inmediatamente hicimos para, una vez en el jardín, terminar por exterminar al maléfico ser.

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Con los nervios algo más templados volvimos a la cama y tocaba averiguar si lo que nos había picado a ambos era peligroso. Fue entonces cuando averiguamos que se trataba de una ESCOLOPENDRA de la familia de los mirápodos quilópodos. Como las fuentes consultadas por internet no eran muy claras y a Rosa le seguía doliendo bastante el pie decidí llamar a mi amigo Marcos, personaje muy viajado y experto en bichos y animales exóticos, para pedirle consejo. Hablar con él fue todo un alivio no sólo porque supo enseguida de que bicho se trataba sino porque además nos comentó que, a no ser que sufriéramos una reacción alérgica, la mordedura de la escolopendra era muy dolorosa pero no mortal.

Así pues con nuestros miedos disipados nos metimos en la cama para descansar lo poco que quedaba de noche ya que al día siguiente viajábamos a Bangkok en lo que sería ya la última etapa del viaje de Rosa por el sudeste asiático. Pero eso será parte de mi próximo post. 

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